La primera vez que me tocó “hacerla de anfitrión” en una posada, aprendí una lección medio a la mala: no es la comida la que nos tumba, es la combinación. Picadillo, romeritos, buñuelos, refresco, ponche con piquete, botanita salada… y cero agua. A la mañana siguiente, mi estómago se estaba quejando como si hubiera viajado…
