Despertar con la nariz tapada parece un problema sencillo hasta que empiezan las preguntas.
¿Será resfriado? ¿Influenza? ¿Alergia? ¿Necesito descansar, tomar algo para la fiebre o simplemente alejarme del gato que decidió dormir sobre mi almohada?
Los síntomas respiratorios tienen la mala costumbre de parecerse entre sí. Estornudos, escurrimiento nasal, congestión, tos, dolor de garganta y cansancio pueden aparecer en distintos cuadros. Nuestro cuerpo dispone de un repertorio limitado para avisarnos que algo anda mal y lo reutiliza con entusiasmo.
Por eso distinguir entre gripa o alergia, o reconocer las principales diferencias entre resfriado e influenza, no consiste en encontrar un síntoma mágico que dé el diagnóstico inmediatamente.
Hay que mirar el conjunto.
Importa cómo comenzó el malestar, qué tan fuerte se siente, si existe fiebre, cuánto dura, si aparecen comezón en ojos o nariz y hasta qué estaba ocurriendo alrededor: temporada de influenza, exposición a personas enfermas, polvo, mascotas, pólenes.
Estas pistas pueden orientar. No sustituyen una valoración médica cuando los síntomas son intensos, extraños o empeoran.
El resfriado suele entrar caminando; la influenza puede derribar la puerta
Una de las diferencias más útiles está en la velocidad.
El resfriado común suele desarrollarse gradualmente. Primero aparece una garganta algo irritada. Luego estornudos. Después congestión nasal, escurrimiento y quizá una tos que decide quedarse unos días más que el resto de los invitados.
La influenza puede comportarse de manera bastante distinta.
Muchas personas recuerdan incluso el momento aproximado en que comenzaron a sentirse realmente mal: durante la mañana trabajaban con relativa normalidad y, horas después, aparecen fiebre, escalofríos, dolor muscular, cansancio marcado y tos.
No siempre sucede así.
La influenza puede presentarse sin fiebre y un resfriado puede resultar bastante incómodo. La medicina tiene esa irritante costumbre de no respetar perfectamente las descripciones de los libros.
Aun así, el inicio brusco y el malestar general fuerte hacen pensar más en influenza que en un resfriado corriente.
¿Qué causa realmente un resfriado?
“Resfriado” no es el nombre de un único virus.
Más de 200 virus se han relacionado con cuadros de resfriado común. Los rinovirus se encuentran entre los responsables más frecuentes, aunque también intervienen adenovirus, virus respiratorios estacionales y otros microorganismos.
La consecuencia práctica es sencilla: no existe un antibiótico que “corte” un resfriado, porque los antibióticos actúan contra bacterias, no contra estos virus.
Los CDC de Estados Unidos explican que la mayoría de las personas con resfriado mejora por sí sola y que los antibióticos no aceleran esa recuperación.
El nombre tampoco debería confundirnos.
Salir al frío sin chamarra puede hacernos pasar un rato miserable, pero un resfriado común necesita un virus. La baja temperatura por sí sola no fabrica una infección y para su tratamiento es usualmente suficiente tomar pastillas para la gripe efectivas y listo, muchos líquidos y reposo.
¿Y qué hace diferente a la influenza?
La influenza también es una infección viral, pero está provocada por virus influenza.
Sus síntomas pueden incluir fiebre o sensación febril, escalofríos, tos, dolor de garganta, congestión, dolores musculares, cefalea y cansancio. Algunas personas presentan vómito o diarrea, algo que ocurre con mayor frecuencia en niños que en adultos.
La intensidad es una de las pistas.
Un resfriado puede hacer que trabajemos refunfuñando y con una caja de pañuelos junto a la computadora.
La influenza puede hacer que levantarse de la cama parezca una negociación internacional.
También importa porque puede provocar complicaciones graves, incluida neumonía, especialmente en personas con mayor riesgo.
El IMSS considera entre los grupos con mayor riesgo de complicaciones por influenza a los adultos de 65 años o más, niños pequeños, mujeres embarazadas y personas con ciertas enfermedades crónicas, entre otros grupos.
En estos casos conviene buscar orientación médica con mayor prontitud.
La alergia juega otro juego completamente distinto
Aquí está el contraste interesante.
El resfriado y la influenza son infecciones.
La rinitis alérgica no.
En una alergia, el sistema inmunitario reacciona frente a sustancias normalmente inofensivas —como pólenes, ácaros del polvo, caspa de animales o mohos— como un guardia de seguridad demasiado entusiasta que activa todas las alarmas porque alguien entró con una bolsa del supermercado.
La reacción puede provocar estornudos repetidos, escurrimiento nasal, congestión y, muy característicamente, comezón.
Comezón en la nariz.
Comezón en los ojos.
Ojos llorosos.
Ese detalle puede ofrecer una pista bastante útil cuando alguien intenta decidir si enfrenta gripa o alergia.
La fiebre, en cambio, no forma parte de una alergia respiratoria típica.
Tampoco es habitual el dolor muscular intenso asociado a la influenza.

Las pistas que más ayudan a distinguirlos
Si hubiera que observar sólo unas cuantas características, yo prestaría atención a éstas:
- Inicio repentino con cansancio fuerte, dolores musculares y fiebre: hace pensar más en influenza.
- Congestión, estornudos y dolor de garganta que aparecen progresivamente: encajan mejor con un resfriado común.
- Estornudos repetidos acompañados de comezón nasal u ocular y ojos llorosos: orientan más hacia alergia.
- Síntomas que aparecen cada vez que limpias una habitación polvorienta, convives con cierta mascota o durante una época específica del año: la alergia gana puntos.
- Malestar intenso que afecta todo el cuerpo: suele ser menos típico de una alergia y más compatible con influenza u otra infección.
Ninguna de estas pistas funciona como prueba definitiva.
Dos enfermedades pueden ocurrir al mismo tiempo. Una persona alérgica también puede resfriarse. Y sí, es tan incómodo como suena.
La duración también cuenta una historia
El tiempo puede ayudar a desenredar el asunto.
Los síntomas del resfriado suelen alcanzar su punto máximo durante los primeros dos o tres días. Muchos cuadros empiezan a mejorar en aproximadamente una semana, aunque la tos o la congestión pueden durar más.
En la influenza no complicada, gran parte de los síntomas suele resolverse entre varios días y menos de dos semanas, aunque el cansancio y la tos pueden persistir.
Las alergias obedecen a otra lógica.
Pueden durar semanas o meses mientras la persona permanezca expuesta al desencadenante. Alguien con alergia a determinados pólenes puede pasar una temporada completa con molestias; una persona sensible a los ácaros puede tener síntomas durante buena parte del año.
Ésa es una diferencia reveladora.
Un “resfriado” que regresa cada vez que sacudes las cortinas quizá esté intentando decirte otra cosa.
¿La fiebre permite saber qué tienes?
Ayuda, pero no resuelve el misterio.
La alergia no suele producir fiebre.
La influenza sí puede hacerlo y con frecuencia provoca temperaturas elevadas, aunque no todas las personas con influenza presentan fiebre.
El resfriado común también puede acompañarse de fiebre, particularmente en niños, pero en adultos suele ser menos prominente.
Pensar “no tengo fiebre, entonces definitivamente no es influenza” sería demasiado categórico.
Los síntomas son pistas, no códigos de barras.
¿El color del moco revela si hay una infección grave?
No de la manera en que se suele pensar.
El moco amarillo o verde puede aparecer durante infecciones virales y no significa automáticamente que exista una infección bacteriana que necesite antibiótico.
Durante la respuesta inmunitaria, distintas células y sustancias pueden cambiar el aspecto de las secreciones.
Así que aquella vieja regla doméstica de “moco verde igual a antibiótico” merece jubilarse.
Una valoración médica considera la duración del cuadro, la evolución, presencia de fiebre, dolor, dificultad respiratoria y otros signos. El color aislado tiene mucho menos poder diagnóstico del que solemos concederle.
Diferencias resfriado influenza: ¿por qué importa saberlas si ambos son virus?
Porque el manejo no siempre es exactamente igual.
El resfriado común suele tratarse con medidas orientadas a aliviar síntomas mientras el organismo elimina la infección.
En influenza existen medicamentos antivirales específicos que pueden ser recetados en determinadas situaciones.
Los CDC han señalado durante años que los antivirales para influenza ofrecen mayor beneficio cuando comienzan dentro de las primeras 48 horas desde la aparición de los síntomas, aunque pueden seguir siendo útiles después en pacientes hospitalizados, con enfermedad grave o pertenecientes a grupos de alto riesgo.
Ésta es una de las razones por las que una influenza intensa no debería tratarse simplemente como “una gripita”.
Reconocer la posibilidad a tiempo puede cambiar la conducta.

Tratar síntomas en casa no significa tomar todo lo que haya en el botiquín
Congestión nasal, tos y dolor pueden impulsar una peculiar expedición farmacológica.
Un medicamento para la gripe.
Luego otro para la tos.
Después algo para el dolor.
El riesgo es que varios productos combinados contengan el mismo ingrediente activo.
El acetaminofén —conocido también como paracetamol— aparece, por ejemplo, en numerosos medicamentos para síntomas respiratorios y también se vende por separado. Tomar varios productos sin revisar las etiquetas puede provocar una dosis mayor a la prevista.
Los descongestionantes tampoco son adecuados para todas las personas. Algunas condiciones cardiovasculares, medicamentos concomitantes, embarazo y otras situaciones requieren precaución.
Los niños necesitan todavía más cuidado.
Antes de administrar productos de venta libre para tos o resfriado a menores conviene revisar la edad autorizada y consultar con un profesional de salud cuando existan dudas.
“No necesita receta” no significa “es imposible usarlo mal”.
¿Y los antihistamínicos?
Aquí la causa vuelve a importar.
Los antihistamínicos pueden ser útiles para síntomas producidos por alergias, pues interfieren con la acción de la histamina, una sustancia involucrada en la respuesta alérgica.
Eso no convierte a estos medicamentos en una cura para cualquier nariz que escurre.
Si el problema es un resfriado viral, el beneficio puede ser distinto y depender del producto y de los síntomas concretos.
Hay antihistamínicos que causan somnolencia y otros que suelen producir menos sueño. También existen aerosoles nasales utilizados para alergias, algunos con mecanismos completamente diferentes.
Cuando una persona necesita estos productos con frecuencia durante semanas, vale más identificar qué está provocando los síntomas que vivir improvisando tratamientos.
A veces el problema no es ninguno de los tres
Hay un detalle inevitable desde la aparición del COVID-19: tos, dolor de garganta, congestión, cansancio y fiebre pueden coincidir con otras infecciones respiratorias.
Los síntomas por sí solos no siempre permiten diferenciar con seguridad influenza, COVID-19 y otras enfermedades virales.
El virus respiratorio sincitial, conocido como VRS, también puede provocar cuadros respiratorios y representar mayor riesgo para ciertos bebés, adultos mayores y personas vulnerables.
Por eso el contexto importa.
Si existe circulación de enfermedades respiratorias, contacto reciente con alguien enfermo o síntomas significativos, una prueba o valoración profesional puede ser más útil que una sesión detectivesca frente al espejo.
¿Cuándo dejar de tratar los síntomas únicamente en casa?
La mayoría de los resfriados y muchos cuadros alérgicos pueden manejarse sin atención de urgencia.
Hay señales que cambian el panorama.
La dificultad para respirar, dolor o presión persistente en el pecho, confusión, coloración azulada o grisácea en labios o piel, deshidratación marcada, empeoramiento importante o síntomas que mejoran y luego regresan con mayor intensidad justifican buscar atención médica.
En bebés pequeños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas o defensas debilitadas, el umbral para consultar debe ser menor.
Tampoco es necesario esperar a estar gravemente enfermo.
Si algo no encaja, dura demasiado o simplemente preocupa por su intensidad, pedir orientación médica es razonable.
La nariz puede parecerse; la historia detrás de ella no
Quizá ésa sea la forma más útil de pensar estos cuadros.
Una nariz congestionada no cuenta toda la historia.
El resfriado suele ser una infección viral leve y progresiva. La influenza puede llegar con más fuerza, dolor corporal y cansancio considerable. La alergia tiende a relacionarse con desencadenantes ambientales y tiene dos firmas bastante características: comezón y repetición.
No son reglas perfectas.
Son mapas.
Y un mapa sirve precisamente para no arrancar a manejar en cualquier dirección.
Antes de tomar medicamentos al azar para los síntomas respiratorios, conviene preguntarse cuándo empezaron, qué tan intensos son, si existe fiebre, si pican los ojos, cuánto han durado y si existe un patrón repetitivo.
Puede que siga sin haber una respuesta absoluta.
Eso también es información.
Cuando la duda persiste, tratar menos a ciegas y consultar mejor suele ser más sensato que intentar derrotar tres enfermedades distintas con el mismo frasco del botiquín.
